Conocí a un hombre que me hizo pestañear el alma

Conocí a un hombre que me hizo pestañear el alma. Leyó dos versos de Rimbaud en voz alta creyendo que estaba solo y al alzar los ojos, me vio. Los conocía, sonreí. Habló de la noche balsámica y Aurelio Arturo fue cómplice de mi risa. Quiso probar con Conjugaciones y le dije: Piedad Bonnett. Más curioso que retado me fue llevando por el Jardín hacia la sección de libros leídos. ¡Tengo tanto por leer! le contesté. Y me deslizó un libro escrito por un autor que no conocía, era él.

No supe recibir su halago, mis mejillas enrojecieron y mis ojos se ocultaron mirando la portada hecha a mano y aún sin registrar. En un acto de bibliomancia, abrí para ver qué me salía y un verso sobre lo etéreo y lo inmortal me hizo querer mirar sus manos. En el índice de la mano derecha, tenía tinta de color azul. Un morral naranja ocultaba su hogar, su oficio, y sus otros cariños literarios. Parecía levitar junto a mí.

Quise hablarle de las alcachofas de Mercedes Carranza y él me respondió regalándome un tulipán de Celán. Tomamos café. Olvidamos el tiempo, ¿existía acaso el tiempo? Nos acompañó la luna. La Fiesta comenzaba, los mimos y actores circulaban por el Jardín personificando seres sacados de los mismísimos libros. De las salas, un murmullo se fundía con la noche y con los sueños en despierto.

Los más jóvenes también estaban invitados y se guarecían en las carpas y en el circo de palabras. Ambos coincidimos en que un lanzamiento era como enviar un cohete el cielo, pero con un destino más cercano: un hogar, una biblioteca, unos lentes y unas manos. Editoriales independientes, grandes editoriales y librerías conformaban un mosaico de color, promesa y vida bajo las grandes alas del Orquideorama.

Sus tenis y mis sandalias se coqueteaban. Era un neófito poeta. Periodista en los ratos libres. Cazador de imágenes y de sombras. Chamán sin más hierba que mi aroma. Supuse que preguntaría mi teléfono celular pero no lo hizo. No sé si porque no tenía o prefería dejarle al destino nuestro próximo encuentro. Tendríamos siete días para toparnos o extraviarnos. Sin embargo, como desconfiaba del destino, le anoté mi nombre y mi correo en su libreta sin fechas.

Acudí todos los días desde temprano al Jardín, incluso hice una siesta junto al lago. Añoraba verlo llegar con su morral al hombro mientras leía los versos que el finamente había construido. Un naturalista –me dije. Y volví a buscarlo en Los libros de Juan, en Palinuro, en Grammata y El Acontista. Merodeé durante horas anhelando escuchar en su voz los poemas que había leído. Fue entonces cuando pensé en los lanzamientos y busqué desaforadamente su nombre en la programación.

Volví al libro y reconocí en él una editorial emergente. No tenía stand pero si un evento el último sábado en la noche. Tenía tiempo de prepararme. Leí todos sus poemas al derecho y al revés y me puse un traje blanco para la ocasión. Llegué temprano, como es usual en mí. Y me senté adelante como para no perderme. Pronto el salón se llenó, pero él no llegaba. A la hora en punto una mujer y un hombre subieron al escenario. Luego él.

No se había puesto un traje elegante ni unos zapatos oscuros. Una camiseta negra, un jean y los tenis de aquel día lo acompañaban. Noté su nerviosismo al dirigirse al salón. Nuestros ojos se cruzaron y sonrío. Agradeció a la Alcaldía, a sus editores y en un divino gesto a su mamá. Vinieron los aplausos, las felicitaciones, los halagos. Cuando todo eso hubo sucedido, me buscó. Me tomó de la mano y estamos juntos desde entonces.

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