Renuncié a un cuento de hadas para ser yo

El chip de princesas de cuento de hadas que la sociedad nos inserta en la cabeza desde que somos niñas, sin pedirnos permiso y sin estar de acuerdo, se activó en un momento de mi vida y me llevó a ser la protagonista de una historia de amor en la que la realidad superó ese “y vivieron felices para siempre”.

Quiero compartir esta historia con ustedes porque hoy, después de haber vivido un cuento de hadas que duró un suspiro, prefiero amores verdaderos y reales y no perfectos e ideales.

Corrían mis años veinte cuando me topé con un ”príncipe azul”. Lo tenía todo: era lindo, detallista, educado, juicioso y responsable. Todo un galán de telenovela. También era un hombre exitoso, pero esto último fue gracias mí. Le entregué mi energía y apoyé su carrera profesional desde sus inicios; creí en su potencial y en que podríamos, en plural, crecer juntos.

Así que, equivocadamente, le aposté a ser una mujer “completa y feliz” viéndolo realizar sus sueños y con la ilusión de que después realizaría los míos.

El príncipe, como lo llamaremos de ahora en adelante, consiguió un puesto en una multinacional que tiempo después le ofreció un cargo importante en Miami.

MIAMI. O sea, ¿qué más podía pedirle a la vida? Tenía un príncipe azul que me ofrecía una vida en una ciudad de ensueño. Me fui tras él, y luego llegó la mayor felicidad de mi vida y también el mayor reto de todos: mi hija.

Razón tienen quienes dicen que “el hijo es de la mamá”, porque si bien alias “el príncipe” mantenía el hogar, era yo quien cuidaba la bebé y cargaba con todas las labores domésticas. Luego, llegó el castillo: un casa grande, con escaleras y jardines, que prometía abundancia y felicidad a gran escala.

El príncipe azul creyó que con traer dinero y ser un hombre proveedor, era suficiente.

Mientras yo, la esposa juiciosa y abnegada, me quedaba de última en la lista de prioridades por tener que estar al tanto de la supervivencia de un nuevo e indefenso ser, sobrevivir en un país ajeno a mis costumbres, vivir lejos de mi familia, resolver trámites hogareños y enfrentarme a una vida cada vez más solitaria.

¿Qué pasó? Pues lo que le pasa a una princesa que se cree el cuento y despierta en una realidad que supera a la ficción. Me cansé, me enfermé y me sumí en una profunda depresión.

Me perdí. ¿Y donde quedé yo? Esa era la pregunta que me hacía todos los días de mi vida mientras cuidaba una hermosa bebé, mantenía una casa y preparaba la comida en el castillo, esperando al príncipe azul.

Mi cuento de hadas empezó a desdibujarse, pero el hombre proveedor no lo pudo entender: “¿Qué más quieres? Lo tienes todo”, decía. Entonces pasé a ser una desagradecida a los ojos de mi esposo y su familia por no cumplir el libreto que vende la sociedad.

Ahí empecé a preguntarme: ¿dónde quedaron mis sueños de comerme el mundo, de gritar mis pensamientos, de ser periodista, de sentirme libre para actuar, de conocer gente nueva, de crear estrategias e ideas con mi naturaleza dinámica y de mente activa?

Estos sueños habían quedado relegados para otro tiempo porque yo misma lo había decidido así.

Con el tiempo, al príncipe tampoco le bastó lo que tenía en el castillo. De las salidas a almorzar, los torneos de golf, las fiestas corporativas y los eventos nocturnos resultó una aventura que terminó por desequilibrar la balanza.

La deslealtad fue la cereza del postre. Tras las renuncias a mis sueños, entregarme en cuerpo y alma al concepto de familia y darlo todo por mi hija y por él, el príncipe que se convirtió en sapo, recordé que nunca debí jugar a ser princesa.

Aprendí que lo primero en mi vida soy yo, que mi bienestar prevalece sobre cualquier bien colectivo, y que SIEMPRE se puede volver a empezar.

Por eso renuncié a un cuento de hadas para empezar a ser yo.

¿Y tú? ¿Has soñado con ser princesa alguna vez? ¿Tu realidad ha superado la ficción?

Pronúnciate.

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