Decidí ser vegetariana por mí y por el planeta

Dejar de comer carne de vaca y de cerdo es una renuncia difícil que me ha costado años asumir. El vegetarianismo es un camino de altos y bajos que quiero recorrer con ustedes, motivada por un propósito que trasciende los efectos en el cuerpo y que le apunta a un objetivo común: conservar el planeta, preservar la vida y desmontar el sistema de consumo que los emporios económicos nos vendieron como indispensable para ser fuertes y sanos.

Siempre he dicho que es en la niñez donde están las pistas de nuestra esencia. ¿Recuerdan que en mi post pasado hablaba de cómo desde niña quería jugar a “las ejecutivas” en vez de “mamacita”, y de cómo eso encajaba perfecto con mi deseo genuino de no ser mamá?

En este post quiero hablar de mi camino al vegetarianismo, y de cómo la pequeña Paula daba señales que solo hoy, en la adultez, pude leer y hacer conscientes.

Tenía como 5 años y estaba en uno de mis venerados paseos familiares. Llegó la hora de comer y le dije al mesero del hotel: “Yo quiero un perro caliente pero sin salchicha”. Todos reventaron a carcajadas al escuchar la absurda petición de una niña que, como muchas otras, sentía un amor profundo por los animales y hallaba impensable la idea de comérselos.

Pero la aversión a la carne no solo era por amor a los animales; recuerdo que simplemente no me gustaba su sabor. Una de las amenazas para que me tomara toda la sopa era: “si no te la tomas toda, la próxima vez haremos bistec con Donatello”, la tortuga de la casa.

Lloraba desconsoladamente con imaginarme a mi amiguita servida en un plato, y si veía algo parecido o desconocido en mi comida, corría a verificar si Donatello estaba en el patio.

En fin. De niña me rehusaba a comer alimentos provenientes de animales o de contexturas sospechosas pero, como no había otro camino que obedecer, esos hábitos fueron cambiando y empecé a consumir carne para no desentonar con la familia y evitarme castigos absurdos.

Pero ahora la Paula adulta (y casi siempre contracorriente) piensa que es irracional que algunos padres obliguen a sus hijos a cambiar el gusto o el disgusto por la carne, o esa natural y bonita conciencia ambiental. Sus argumentos son insensatos: “Si no te comes la carne, no vas a crecer”. “Comer carne te hace más fuerte”. “Almuerzo sin carne, no es almuerzo”, y otros despropósitos más.

¡“Triunfo” para mis padres! En mi adolescencia los cuestionamientos ambientalistas quedaron en el olvido. Sin embargo durante la adultez, por esas bonitas coincidencias del universo, la vida laboral me ha llevado a participar en varios proyectos audiovisuales relacionados con contenidos ambientales, lo que abrió de nuevo ese abanico de interrogantes ante un tema que empezaba apasionarme pero también a preocuparme.

Surgieron en los medios de comunicación palabras como “calentamiento global”, “cambio climático” y “sostenibilidad”. Y con cada entrevista que yo hacía conocía expertos, docentes, proyectos e investigaciones de universidades locales que trataban estos temas.

En una de tantas exploraciones, apareció la ganadería como uno de los temas más influyentes en las crisis ambientales, pero paradójicamente el menos mencionado en los medios de comunicación. Esto me generó curiosidad, estudié, aprendí y empecé de nuevo, como la niña Paula, a cuestionarme sobre el consumo de carne y las implicaciones que tienen nuestros hábitos alimenticios en una de las peores tragedias por las que atraviesa la humanidad.

Fue entonces cuando mis argumentos y los de mis amigos me llevaron a tomar una decisión coherente con mis convicciones: dejé de comer carne de vaca y de cerdo.

En poco tiempo empecé a sentir mejoras en mi digestión y en mi estado de ánimo, y entendí que así como estaba contribuyendo a preservar la naturaleza, también le estaba dando un regalo a mi cuerpo y mi salud. Reconozco que durante los primeros meses en el vegetarianismo incumplía el trato y mi voluntad se quebrantaba (aún lo hace), pero estaba convencida de que no sería una meta imposible de lograr pues no me hacía tanta falta consumirlas.

No obstante, hubo un punto de inflexión cuando vi un documental llamado “Cowspiracy”, y muchos de los datos que ahí mostraron me resultaron imposibles de ignorar:

  • Según un estudio de la ONU, la ganadería emite más gases causantes de efecto invernadero que las emisiones de todo el sector de transportes.
  • Las vacas y otros animales de granja producen una importante cantidad de gas metano en su proceso digestivo, este gas es 86 veces más destructivo que le dióxido de carbono vehicular.
  • El ganado en Estados Unidos consume 128 billones de litros de agua. Producir una hamburguesa de 115 gramos consume 2.500 litros de agua. Es decir, al comérsela se está desperdiciando el agua equivalente a ducharse durante dos meses.
  • La ganadería es responsable del 51% del cambio climático de origen humano.
  • La crianza de animales para la alimentación, es responsable del 30% del consumo mundial de agua.
  • La ganadería es responsable de un 91% de la destrucción de la amazonia brasileña.
  • El equivalente a un campo de fútbol desaparece cada segundo por causa de la ganadería, y cada día se pierden 100 especies de plantas animales e insectos por esto.

¿Cómo podía ignorar toda esta avalancha de información aterradora? Y no me refiero sólo al documental, sino también a la idea de tener en las narices una solución que sólo depende de mi voluntad.

No podemos pretender que esta es una lucha que deben asumir únicamente los ambientalistas. Ésta es nuestra lucha. La furia de la naturaleza se ha desatado y no podemos ignorar su grito de alerta. Ella me grita a mí, ti, a todos los humanos.

Ser vegetariana es uno de mis aportes para el cambio, ¿cuál es el tuyo?

Amigas curubas, les estaré contando los avances y fracasos de este largo camino del vegetarianismo que decidí emprender y compartir con ustedes.

El documental está disponible en Netflix como “COWSPIRACY”. También les quiero recomendar una película preciosa: “Okja”. Trata de este mismo tema, pero ya desde la ficción. Cuenta una historia de amor y amistad hermosa entre una niña y un cerdo gigante, cargada de metáforas y reflexiones futuristas sobre el maltrato animal y el monstruoso universo de la industria ganadera.

¿Eres vegetariana? ¿Cómo te ha ido en ese camino?

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