Ocaso a deshoras

Combatía con su sonrisa las miradas lascivas que venían de la otra esquina de la cama. Con la almohada, apagaba los ojos para no ver el rostro de su compañero. Yacía alegre en ese universo de caricias inventariadas. Un pecho desnudo y poblado era tentación para sus dedos. La música de cámara interpretada por un extranjero le provocaba un beso en la espina dorsal, otro en el vientre expuesto, y uno en la mirada azul. Los restos de una conversación aún se diluían en un aire cargado de deseo. Él, tan suyo como un atardecer a deshoras, ella, tan de él como una corriente hacia arriba, habían prometido no prometer. La mirada café alzó las cejas, la azul replicó. Se hacía tarde. Ambos debían regresar a sus rutinas. Vestirse nunca fue tan incómodo. Un abrazo desdijo el poniente. Los teléfonos silenciados rompieron su complicidad para responder a la pregunta: ¿Dónde estás? La excusa, la mentira, el invento, el ya voy. Sus manos abrochando el sostén en tu espalda. Tus brazos alrededor de su cuello y tu nariz buscando un olor para llevar. Efímero es el amor. Efímeras las tardes, los arreboles, esta luna menguante. Ir por el auto al centro comercial. Despedirse de beso en la mejilla y partir sin mirar atrás.

Recordar el cuido por comprar. Su perro a oscuras tanteando su llegada. El huesito blanco para compensar las horas de ausencia. Recoger el cabello con desdén. Graduar el agua en la ducha. Sentir como refresca y se lleva la tarde. Sentir ganas de llorar. Llorar. Aniquilar en dos lágrimas dos afectos contradictorios. Querer que él también esté, a la hora del ocaso.

Ir por una cerveza con amigos. Sentir su cabello rubio escaparse de sus manos. Intentar concentrarse en el partido. Verla solo a ella. Adorar su corriente en contra. No pretender cambiar ni un ápice de su esencia. Sentir justos los minutos a su lado.

Volver a la oficina. Pasar por Mercadeo. Ver su escritorio vacío. Oír su voz de pronto. La mirada azul frente a él en el comité. Miradas cafés escuchando sus argumentos. Haremos lo que propones, es arriesgado pero convincente. Tú callado. ¿Qué opina el doctor? Me parece bien. Estás obnubilado. Tan joven y tan astuta. No puedes imaginar qué sería de ti si se va para la competencia. Sí, le ofrecieron un empleo al que ella no aspiró. Lo está pensando. ¿Lo diría en broma o fue en serio?

Su esposa y los niños, nunca tendré más de lo que tengo. ¿Para qué más? Aprovecho y les ofrezco mi carta de renuncia. Mis motivos son personales. Agradezco todas las oportunidades que me brindaron. Mudo. Una decena de ojos puestos en ti. Le deseamos lo mejor, ¿sabremos hacia adonde se dirige? Hacia un pequeño competidor. No hay competidor pequeño y menos contigo. Si no hay más tema, levanten acta. Lo de la señorita Salcedo, todavía está por verse.

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