A media asta, relato del momento eros de la semana

Quédate entonces; sorprendamos despiertos a la aurora, bailemos descalzos frente a la bahía, desollemos un níspero con las manos, compartamos su carne en nuestros labios.

Permite que la brisa le haga bromas a tu falda y que otros vean tus piernas no despierte pudor alguno; déjalos que miren y baila conmigo, contonea tus caderas, recógete el cabello, cierra los ojos, tararea.

Escúchame murmurar tu nombre y siente ese ligero escalofrío que desciende. Sacúdete si es necesario, pellízcame, muérdeme, que es en el cuerpo que somos eternos. Tatúame de ti, imprégname de coco, hazme una trenza de hilo.

Caminemos hacia la pensión. Enciérrame en tu bóveda terrestre. Hazme creer que puedo escapar y recupérame. Entraré en ti como en un libro y empezaré por el final, o sea por mí, y sabré qué sientes y no me asustaré si no encuentro la palabra amor tan pronto como esperaba.

Y si no la encuentro… habré de leerte en otros hombres que ahora también soy yo, y sabré si conjuraste tu corazón. Un momento, aquí dice amor; pero cómo duele mujer… aquí también dice amor y también duele. Busco tus ojos y me volteas el rostro cuando una lágrima desciende por tu mejilla izquierda.

Te tomo el mentón y antes de que la lágrima se haya perdido para siempre, la bebo. Qué ocurrencias las tuyas –me dices, y ríes. Entonces, te pido que cierres los ojos y te acuestes boca abajo. Y beso el dolor. Y beso el dolor. Y allí donde tu cuerpo es rígido y tu espalda compone nudos, yo beso el dolor y el dolor responde a mi amor.

Se zafan los nudos y aunque no soy nácar para borrar cicatrices, soy tacto para decirles que también son bellas. Y tu ternura despierta y eres tan hermosa. Y tomas mi rostro con tus manos, me acaricias las cejas, me besas los ojos, pellizcas mi nariz. Me preguntas dónde he estado… ni yo mismo lo sé.

Quieres que siga amándote a pesar del bochorno debajo de un ventilador con un asta partida, quieres que siga amándote y no tener que entregar la habitación porque hasta ahora es el único rincón al que podrá regresar el recuerdo cuando se trate de ambos. El malecón y la pensión.

Y quieres también leerme y me encuentras desahuciado. Así que continúas amándome, y toda tu figura sobre mí propone un ritmo nuevo, una bachata quizás. Y eres magnífica y tu juventud me hace olvidar los años de fracaso y soledad. Y como disfruto tu orgasmo sin sudor, hasta en el éxtasis luces fresca.

Me preguntas si tengo familia y te respondo la verdad: la tuve, no la amé lo suficiente, la perdí. Te cuesta creerlo pero mi melancolía te hace proponer un juego. Me llevas a la ducha y me dices báñame. Ahora las ocurrencias son las tuyas, aún no amanece y quieres que la noche se vaya por el sifón. Accedo, abro la llave y destapo simultáneamente el frasquito de champú que para todo tu cabello me parece una broma, y creo honestamente que tu olor es mejor que ésta pretensión de motel barato.

Mi mente está interfiriendo con el juego así que me meto a la ducha contigo. Abrazas mi delgadez enjabonas mi pecho. Es tu turno –me dices, y enjabono tus senos, me quedo dibujando circunferencias a veces pequeñas a veces amplias hasta que me quitas el jabón y acaricias mi abdomen.

Hago lo propio con el tuyo y te volteo, luego te doy mi espalda y me presto a descender hasta tus piernas. Cuando creo que es improbable me provocas otra erección y te llevo contra la única pared, sin timidez, con toda mi fuerza.

Tus piernas cruzan mi cintura y tus gemidos bajo el agua son como el cosmos reiniciándose. Para cuando llego tu mirada también me besa. Agacho la cabeza y busco el champú; lo froto en tu larga cabellera y la espuma que genera acompaña a la noche en el sifón. Una sola toalla nos espera así que te la ofrezco y la compartimos. Me la pasas y termino de secarme con tu humedad. Me pides un peine y lamento no poder complacer tan pequeña solicitud.

Te ríes por mi malestar y en un movimiento que no sé explicar, recoges todo el cabello en una moña con la pinza que traías. Hace hambre y ambos lo notamos, podríamos desayunar, pero eso supondría preguntarnos por los quehaceres del día. Debo tomar un avión y no puedo llevarte conmigo. En la habitación viste la valija. Me das un beso y me dices: nos vemos amor.

Te veo tomar el bolso y cerrar la puerta. Tardo un par de minutos en reaccionar, no tengo tu número de celular ni tu correo electrónico; puedo correr tras de ti pero no lo hago. Es mejor así, siempre estaremos aquí.

 

Lee mi anterior relato erótico aquí:

Afán erótico: relato del momento eros de la semana

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