El accidente de auto que me hizo trizas y me cambió la vida

El 15 de marzo de 2015 parecía un domingo normal. Salí de casa para hacer una sesión de fotos, y a las 7:30 p.m. emprendí el camino a la playa con un hombre que conocía.

Él manejaba el auto, yo estaba en el puesto del copiloto. El viento caliente golpeaba mi cara y mis otros sentidos ya adivinaban la cercanía del mar. Todo iba muy bien. ¿Hay una mejor manera de terminar un domingo que con los pies en la arena, mirando el mar infinito?

Pero, de un momento a otro y sin explicación, el conductor del auto empezó a invadir el carril contrario varias veces, todas ellas en curvas peligrosas. Lo único que pudo detenerlo fue una camioneta 4×4 que chocó de frente contra nosotros. Mi cinturón se desactivó con el golpe, salí del carro y caí en el asfalto.

Eran las 8:10 de la noche del domingo 15 de marzo de 2015 y mi vida había cambiado para siempre.

Como era de esperarse, yo llevé la peor parte: mis vértebras cervicales 6 y 7 (sí, esas que están en el cuello y soportan tu cabeza) sufrieron un gran daño, mi cráneo se fracturó, tuve un daño cerebral que afectó mi vista periférica del lado derecho, mi pierna izquierda quedó hecha trizas desde la cadera hasta el pie, y mi vaso y mi pulmón se perforaron.

Me sumí en un coma profundo durante 11 días, y cada día que pasaba la esperanza de los médicos era menor: si no despertaba pronto me declararían con parálisis permanente o muerte cerebral, y si salía de él, no había posibilidades de que volviera a caminar.

Desperté el 26 de marzo con una nueva realidad que no era tan fácil de entender. ¿Por qué me pasó esto a mí? ¿Por qué no tuvo ningún daño físico el conductor que causó el accidente? Todas esas preguntas rondaron mi cabeza mientras estaba acostada en la cama del hospital, y con el cuerpo y el alma hechos trizas mi única opción en ese entonces era mirar al cielo, tirar mi escudo y rendirme.

Lo que entendí con el pasar del tiempo es que el accidente había sido mi golpe de humildad. Eso que llega cuando menos lo quieres y cuando más lo necesitas, eso que te pone los pies en la tierra y te recuerda que tienes todo por aprender.

En mis próximas entradas les contaré cómo fue el día a día de mi recuperación física, mental y emocional luego del accidente, pero desde ya les adelanto que no hay nada en nuestras vidas que no podamos virar en nuestro propio beneficio.

Las lecciones que todos aprendemos de la adversidad las convertimos en inspiración y empoderamiento para nosotros mismos y para otros, y por eso estoy en La Letra Curuba. Quiero que mi historia te inspire, porque #SiYoPuedoVosPodes.

Una amiga me recordó una frase de Bruce Lee, que dice: “Vacía tu mente, se amorfo, moldeable, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza, si pones agua en una botella se convierte en la botella, si la pones en una tetera se convierte en la tetera. El agua puede fluir o puede aplastar. Sé como el agua. Amigo mío, el agua que corre nunca se estanca, así es que hay que seguir fluyendo”.

Curubas, seamos como el agua.

Foto: Raúl Espinoza.
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