Ni mamá ni mujer de casa… elegí mi libertad

Cierro los ojos. Mis recuerdos me transportan a la casa de mi abuela paterna, donde pasaba vacaciones de niña con mamá y papá. Entre los palos de guayaba y mango que rodeaban la vieja casa del solar, nuestras grandes urgencias eran madrugar a jugar golosa, bate, escondidas, chucha cogida y saltar la cuerda.

Pero para poder jugar afuera era requisito bañarse. Por eso mi prima y yo nos inventamos un juego ideal para escapar del agua en las mañanas llamado “las ejecutivas”. Este consistía en fingir la vida adulta de una mujer con muchas ocupaciones: tomábamos libros de la biblioteca, sacábamos los bolsos y la máquina de escribir de la tía Saida, y nos metíamos en ese inolvidable Renault 9 verde que estaba en el garaje para simular el camino al trabajo. Pasábamos horas metidas en ese carro que se convertía en la “oficina”, hasta que el tío Luciano nos sacaba al hombro de su auto para ir a trabajar a la emisora.

Mi prima y yo no veíamos para nada divertido fingir las labores diarias de un hogar: ser mamá, limpiar, cocinarle al esposo, cuidar el bebé, cambiarle el pañal, darle el tetero y arrullarlo. ¡Nos parecía tan aburrido! Y, sin querer y con pequeñas acciones, fuimos declarando con los años que nuestro papel en este mundo no se limitaría a seguir un guión. No íbamos a permitir que se nos coartara la libertad que otras grandes mujeres ya habían batallado.

Sin embargo hoy, a mis 28 años, veo con mucho asombro el haber jugado a “las ejecutivas” en tiempos en que “la casita” y “mamacita” ocupaban un sólido primer lugar en el podio de los juegos de la niñez. De hecho, todavía lo ocupan. Solo basta visitar una tienda de juguetes para descubrir una sección de niñas atestada de bebés, teteros y maquillaje, mientras la de niños tiene parqués, pelotas, lazos, carros y robots.

Y me resulta ilógico que hoy, después de décadas de lucha femenina para encontrar el lugar que las mujeres siempre han debido tener en la sociedad, y después de haber dado grandes batallas para ejercer los derechos al voto, al trabajo, a participar en política y a ejercer cargos directivos, haya familias que condicionen a sus niñas para asumir un papel en la sociedad para el que se supone que están hechas como ser mamá, tomar el té, hacer manualidades y ser ama de casa ejemplar.

¡Que nos dejen decidir!

Mi convicción por no tener hijos sigue firme hoy. Y si tu, querida curuba, tomaste la decisión de casarte y tener una familia con hijos, no me queda más que felicitarte porque has ejercido, como yo, tu derecho a elegir.

Todavía me causa algo de gracia cuando ciertas mujeres me juzgan y se miran entre sí al escucharme decir “no me quiero casar” o “no quiero tener hijos”. Responden con soberbia “tu hora llegará”, “espera a que te enamores”, “estás muy joven” o “no has madurado”.

¿Tan raro les parece que una mujer del siglo XXI no quiera condicionarse a cumplir una función históricamente impuesta? ¿Por qué cuestionan una decisión personal? ¿Por qué insisten en que mi felicidad debe depender de un hijo o un esposo?

Lee aquí: Arriesgadas y universales. Así somos las mujeres alfa. 

No les expongo mis argumentos sobre el porqué no quiero ser mamá pues no me interesa convencer a nadie, y lo mismo les pido a las mamás, esposas y amas de casa con respecto a mí. Al fin y al cabo cada quien tiene el poder de forjar su camino y decidir sobre su vida.

No obstante, sí quiero dejar claro que admiro enormemente la valentía de todas las mujeres que al convertirse en madres, asumen este rol como el más importante de sus vidas. Considero el proceso de gestación como uno de los actos de la naturaleza más asombrosos y hermosos, y me maravilla la conexión inmediata que se forma entre dos seres que aún sin conocerse ya se aman, se reconocen y depende el uno al otro para existir.

Es un proceso hermoso, pero elegí no vivirlo. Tengo otra infinidad de sueños por realizar, lugares a dónde llegar, rincones por descubrir, y a ellos decidí darles prioridad. Sé también que una elección implica una renuncia, y por eso estoy dispuesta a lidiar con mi soledad y con las consecuencias que conlleva no desprenderme lo suficiente de mi amor propio para entregarle mi tiempo, dinero y libertad a una nueva vida.

¿Has tomado alguna decisión sobre la maternidad? ¿Te han censurado o juzgado por no querer traer hijos al mundo? Pronúnciate.

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