Afán erótico: relato del momento eros de la semana

Afán erótico. Todo comenzó con la manera como le dabas vueltas al café después de una incipiente cucharadita de azúcar.

Te vi llevar el pocillo a la boca y saborear tu labio inferior con un leve mordisco. Intenté distraerme con la manera brusca, casi absurda, en como una señora gorda que partía su pedazo de bistec.

Te miré. Habías contestado una llamada y tus gestos eran provocadores, sensuales, casi a propósito. Pedí un postre para distraer mis sentidos de este súbito afán de probar tu boca. Cheesecake o flan de leches, lo mismo daba. Opté por el cheesecake y de verás recé para que estuviera rápido en la mesa.

Vos terminaste de hablar y me retomaste justo en el punto de la conversación donde veníamos. Me citaste algo de Octavio Paz que le dio fuerza a mis alucinaciones. Los champiñones también parecían alucinógenos y pensé que no comería de nuevo esa sopa en tu presencia.

Luego me preguntaste si me sentía bien y para colmo, ¿cómo mentirte? No. El calor estaba en mis mejillas. El temblor en las piernas, no en las manos. Y la lengua… bueno, esa estaba esperando el postre para no tener la tentación de jugar al mataculín con la tuya. Aunque primero había que acercarse y las mesas de dos de los restaurantes, están diseñadas para la distancia. En eso pensaba cuando sentí tu mano en mi pierna. Por Dios: cuánto quería que se moviera. Un desliz nada más, hacia al norte, al sur, al punto cardinal que tu quisieras. Pero mi afán erótico no me hacía menos torpe.

Sé que bien pude poner mi mano sobre la tuya y deslizar juntos ese pequeño universo debajo de la mesa pero qué va, ¿de dónde saldrían las agallas para tal osadía? Me concentré en otro par de poetas que decidiste mencionar y que por suerte conocía. La incertidumbre de ti creció con las horas.

El humo de los tabacos se hizo más visible y sólo así fui consciente de que había llegado la noche. Y la noche contigo no se parecía a ninguna otra. No me pregunten a que me supo el postre. Recuerdo la textura, no el sabor. Tu barba atraía todas mis miradas, tu cabello un poco engominado, me provocaba incursionar en él. Debajo de la camisa, llevabas puesta una camiseta blanca y tu pecho seguía siendo un misterio para mí. ¿Sería poblado como los que me gustan o un desierto estéril? Pediste la cuenta y no me dejaste aportar un peso.

“La próxima pago yo”, dije en tono derrotado. En medio de tanto frío tampoco sabía cómo era uno de tus abrazos prolongados. Me acompañaste hasta el carro y me diste un beso en la mejilla arrimando de paso tu aroma cargado. Me desdoblé. No supe de mí. Te halé fuerte y sin decirte nada te invité a jugar mataculín.

Bitácora del cuerpo (Con tu viento a estribor). Fundación Arte&Ciencia. 2014

Facebook Comments

¡VIVE LA LETRA CURUBA!