¡No más piropos! ¡No más acoso callejero!

“Si fuera dios te daría amor, pero como soy carpintero te doy es clavo”

¡Indignación! Eso es lo que siento cuando uno de esos “galanes” que abundan en las calles se siente inspirado y, sin advertencia alguna, suelta en una bocanada cualquier cantidad de frases vulgares, saludos no pedidos, seseos que fastidian, silbidos estridentes y miradas perturbadoras. Son piropos para algunos pero, lejos de halagar, insultan y maltratan a cualquier mujer.

Y no. No es que yo sea antipática, amargada y petulante. Más bien soy una romántica, una curuba que disfruta con el placer que produce algo tan sencillo como caminar. Me embelesan el movimiento de los arboles al compás de un ventarrón, los sutiles rayos de sol que se vislumbran entre las hojas, aquellas casitas de arquitectura antigua donde me imagino una vida, esas terrazas amplias en las que veo una huertita con plantas de albahaca, tomates frescos, y una cómoda hamaca para leer y contemplar la luna… o qué tal esos cielos de diversas tonalidades que van coloreando el infinito de rojos y naranjas, o esos grises y púrpuras que demarcan el cielo después de una tarde lluviosa.

En fin. Esos momentos son tan míos, tan íntimos, tan valiosos… y es ahí donde suelo perderme y sentirme plácida hasta que ¡ploom! Llega a mis oídos una voz chirriante y para nada familiar que me dice: “con esas tetas no me hago una rusa, sino una soviética”.

Esa interrupción en mi espacio vital agota toda mi paciencia, transforma esa sonrisa con un gesto de disgusto, e incluso me lleva a traspasar mis propios límites, reaccionando con todo aquello con lo que estoy en contra: el insulto, el grito, la confrontación. Los piropos, queridas curubas, sacan lo peor de mí.

Pienso que, como sociedad, estamos equivocados al pensar que este es un tema de poca relevancia y que no representa mayor peligro para la integridad de una mujer. Este, sin duda, puede ser el origen de una agresión física. Hoy un piropo es un maltrato verbal igual o peor que un insulto.

Cuando me echan piropos cohiben mi libertad, perturban mi caminar tranquilo por una calle, la forma en qué camino y la manera en que voy vestida. Me obligan a no generar provocación y a no exponerme. ¿Es posible tanta desfachatez?

La Real Academia Española defina la palabra piropo como “Dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer”. Me cuestiona cantidades darme cuenta que desde el significado que se le ha dado la palabra, la sociedad ya está dando por sentado que somos las mujeres quienes debemos cargar con esta ofensa, que somos nosotras el blanco más vulnerable y merecedor de tan mal llamado “elogio”.

¿Será que alguna mujer necesita de una dosis de piropos para enaltecer su belleza, para afianzar su confianza o para sentirse empoderada? Estoy convencida de que no.

De todos los argumentos que algunos hombres me han dado tampoco he podido encontrar uno que tenga la validez necesaria para justificarlos. No entiendo tampoco de categorías: ni tiernos, ni románticos, ni amables. Todos me vulneran como mujer, me condicionan a ser un objeto de belleza expuesto a ser intimidado.

Y ni hablar de sus motivaciones. ¿Terapia? ¿Desahogo? ¿Una manera de enaltecer su ego? O, ingenuamente, ¿los hombres creen en la remota posibilidad de conquistar a una mujer con esas palabras? No creo que alguna mujer, después de escucharlos, se les acerque y les diga: “Me encantó esa vulgaridad, ¿quieres salir conmigo?”.

Que este desahago sea también un llamado a la consciencia. Les pido a los hombres que no lo hagan, y a nosotras que no lo permitamos.

¿Se unen a mi sentir? ¿difieren de él?

¿Se les ocurre alguna iniciativa para mandar un mensaje contundente de #NoMásPiropos?

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