Hablemos de la indignación que sientes tras la pantalla de tu móvil

Durante la última semana de agosto hubo un asunto que ocupó la atención de miles de ciudadanos: tres fallas ortográficas en una valla de la Secretaría de Movilidad de la Alcaldía de Medellín, ubicada en una de las principales vías de la ciudad, que además de desvirtuar su mensaje original despertaron la indignación colectiva.

Dichos errores se volvieron un tema de conversación virtual y presencial, y encabezaron, en cuestión de minutos, las tendencias de las redes sociales y los corrillos de Whatsapp con un agravante: el primer error despertó a los cazadores de gazapos, quienes descubrieron más errores y una cadena de imprecisiones que dejaron en evidencia falta de rigurosidad e incoherencia institucional en al Alcaldía de Medellín.

La indignación producto de las vallas se viralizó y con esto se cumplió el más moderno de los criterios periodísticos de los medios de comunicación grandes y chicos: si es viral, es noticia. No al revés.

Pero el tema de este texto no es la viralidad. Ya es sabido que han sido noticias en grandes medios los alcances virtuales de la rata gigante hallada en Singapur, del perro que baila “Despacito” y del rostro de “bruja” de una mujer a la que las luces le juegan una mala pasada en un concierto.

El tema hoy tiene que ver con todo aquello que implica sentirse indignado y manifestarlo en el mundo virtual. Tiene que ver con que no nos basta decir que estuvo mal, que así no se hace, que son recursos públicos y que en el proceso faltó criterio y revisión.

Tiene que ver con que no nos basta señalar la falta ni leer las disculpas públicas de quien cometió el error.

Tiene que ver con que, si no conocemos quién cometió el error nos da igual. La lapidación, la vergüenza pública y el juicio a ciegas no son negociables en el mundo de la indignación virtual y del odio fácil.

Hoy más que nunca, estar cómodamente sentados tras una pantalla nos reviste de poder, nos vuelve invencibles y perfectas, y nos hace olvidar eso que algunos llaman empatía y que no es más que ponerse en los zapatos del otro.

Detrás de la pantalla se nos olvida la solidaridad y la compasión que profesamos cuando vemos a un niño enfermo, a un anciano en peligro, a una mujer maltratada o a un animal abandonado.

Nosotras, las “audiencias”, no tardamos en buscar culpables de los “horrores”. En el caso de las vallas acusamos a un practicante, a un diseñador gráfico, a un comunicador, al jefe del comunicador y hasta al mismo Alcalde. Criticamos. Le hicimos saber al mundo a punta de “me gusta”, tuits y retuits que nosotros nunca hubiéramos hecho algo similar y que tenía que haber un despido inmediato. Hablamos de horror, bestialidad, robo, vergüenza y chambonada, y calificamos a nuestros sospechosos con insultos fuera de lugar.

Y es allí donde pienso en la tecnología y en su poder para empoderar a los ciudadanos y darles una voz. En su capacidad de conectar ideas y transformar a los ciudadanos en actores políticos, y en la oportunidad que nos da de indignarnos con asuntos globales y locales para construir un mundo mejor con la clásica fórmula de llevar nuestra emoción a la acción.

Porque, siendo sinceras, ¿de qué nos sirve abrir una red social, enterarnos, indignarnos, juzgar, replicar, insultar y apagar el computador? ¿Esa es nuestra indignación? ¿Para qué la indignación si no vamos a transformar para bien eso que nos indigna?

Este reto para nosotras como fuerza vital de la sociedad civil está sobre la mesa: transferir la indignación de las redes sociales en actos tangibles que generen movilización y cambios positivos.

¿Y qué tal si entre todas le aportamos a este reto?

Porque he sido juzgada y he jugado a ser juez, les dejo mis propuestas para no caer en las redes del odio fácil y de los juicios ciegos:

  1. Que a la hora de expresar nuestra indignación, el punto de partida sea el amor y la empatía. Pensemos en los sentimientos del otro antes de juzgar.
  2. ¿Nos sentimos indignadas? Hagamos tres respiraciones profundas antes de hacer clic y pensemos cómo construir.
  3. Organicémonos. ¿Hay alguna causa que requiera acciones contundentes? Una carta, una marcha, un video… si queremos un cambio llevemos nuestra emoción a la acción. No juguemos más detrás de la pantalla.
  4. No alimentemos la industria de la viralidad de la vergüenza y del odio. No viralicemos los insultos. Pensemos antes de dar ese clic, ese “me gusta”, ese retuit que no construye.

Ahora es tu turno.

¿Cómo usar la indignación para construir en vez de destruir? ¿Cómo transformar con nuestra indignación? ¿Cómo trascender el odio fácil detrás de la pantalla para salir a las calles a construir ciudadanía? ¿Cómo exigir nuestros derechos sin lapidar al otro? ¿Cómo despojarnos de los juicios y pensar el otro con compasión?

Te leo.

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