Ponte tus tenis pisahuevos: viajemos a nuestra infancia

Hablemos de infancia. No la de ahora, la de antes. La de los cuadros y números de la escalera pintados con tiza o piedra sobre el asfalto. La de uniforme rojo, gris, verde o azul. La de las medias hasta la rodilla y tenis pisa huevos. La infancia de Mickey, Donald y Pluto y también del Chavo y el Chapulín colorado. La de la historia sin fin y Ateyo luchando contra la bruma por su caballo.

La infancia de calquitos sobre la piel porque no sabíamos lo que era un tatuaje. La de los álbumes románticos como Te Quiero y de música: un bolero, porque todavía no descubríamos a Montaner, a Giordano ni a Los toreros muertos. La de patines de cuatro ruedas y bicicletas contra pedal. Inglés como la asignatura más difícil y música como el rato para el relajo. La fascinación o aversión por las matemáticas. Las cartas, los marcadores y el soñado set de 36 colores doble punta de Magicolor.

Las agendas de Ángela Botero y ese afán por escribir en letra despegada. Los amigos de barrio, las barritas, las visitas en las aceras, la fascinación de encontrar un mango biche en el árbol y comerlo con limón, sal y pimienta. La infancia de los circos, de los monos entrenados y los leones en círculo sin nadie que clamara por sus derechos. Infancia de pista de hielo. La de Monterrey era fabulosa. Sandiego como el único gran centro comercial. Los triciclos para pasear las hermanas menores. Unicentro como una novedad.

La vuelta a Oriente con los abuelos. Almuerzo en Tequendamita y tremenda caída de agua… La infancia de los esferos: el magnífico tinta mojada negro. Pomis, Rayis, Mapachis en los cuadernos. Las botas machita para ir a fincas. El rosa en la ropa, de interiores a medias. Las piscinas, la vuelta canela en el agua, el aguantar la respiración al máximo. Los Nerds, las gomitas de oso, los Quipitos y el minisigüí.

La finca de los primos, los pollitos, los conejos y las vacas. Las fresas en la huerta junto a una hoja de zanahoria aplastada. Los perros, los caballos: la melaza. Las guayabitas y las feijoas, el billar y el juego del sapo. ¿El balón? Las barbies, el ken, los ponys, las muñecas de trapo, jugar a diseñar su vestuario. La infancia y los viajes: las tías, el clima caliente, los columpios sobre la arena. El mar. Los raspados. El mar, ese deseo de querer siempre ir más profundo. Las trenzas. ¿Quién no?

El Mundo de los Niños, El Mio Cid, El buscón, La vorágine. Las lecturas de clase de español. ¿Quién se leyó el Mio Cid? Ah, ¿me lo cuenta?. Lo que perdieron las que jamás leyeron. La imaginación que se negaron. La caña, los alumbrados. El Centro florido, La Playa decorada. El algodón de azúcar y las crispetas saladas. Los aguinaldos que siempre nos sorprendían porque papá y mamá sabían también lo que no estábamos esperando. Saber quién era el Niño Dios era conocimiento de otro nivel. Nos perfilaba en “las grandes” y debíamos guardar la magia para los menores. Topo Gigio era lo más parecido al ratón Pérez y El tesoro del saber era mucho más que un baúl con libros. Infancia de escalera, de Plaza Sésamo, de teléfono roto.

Gallito Ramírez, Escalona, La Mencha. Infancia de correspondencia con los amigos del barrio. La violencia estaba por venir, los sueños de amigos por interrumpirse y la infancia sellada. De repente tocó crecer, pero tenemos a la mano los buenos recuerdos.

¿Qué es lo que más atesoras de tu infancia?

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