Un viaje que inicia con una curuba y se apodera de los sentidos

Prueba 2

Querida Curuba:

Lo eres si estás leyendo este post. Bienvenida a un espacio para ti, para tus minutos contigo, para el ocio, para la introspección, para los sueños en despierto, para la literatura. Prometo entregarte lo mejor de mí.

En breve nos conoceremos, sabrás que me gustan los anturios, las hortensias y los lirios. Que me encanta el sol y las noches con luna –no importa su fase–.

Sospecharás que he escrito antes y sí, lo he hecho. Ciento uno es mi primera novela a la que le siguen Bitácora del cuerpo (relatos) y Los umbrales del delirio. Amo la poesía y sí, tengo afición a la colombiana: a Mercedes Carranza, Darío Jaramillo Agudelo, Piedad Bonnett, Carlos Framb y William Rouge. Hago parte del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo y hasta hace poco tuve un blog que alimenté durante diez años.

Suena lindo eso de curuba…

Debo confesarte que en mi adolescencia la curuba era parte una retahíla, donde, junto a unas uvas, las compañeras señalaban a quien no sabía besar.

Yo fui de las tardías por lo tanto repetí muchas veces uva-curuba-uva. Mi casa no era de jugos, soy de la generación que recibió tetero con coca-cola, por lo tanto no sabía como lucía una curuba hasta hoy.

Tuve que bajar al centro temprano, a vueltas notariales, y le pregunté por la fruta a varios expendedores. Me enviaron de quiosco en quiosco hasta que el último me dijo: “En el Éxito la consigue mami”. Era casi medio día y aunque bien podía atravesar la Oriental por el almacén más cercano, preferí regresar a mi auto y conducir hasta el El Poblado.

Me parqueé cerca de la sección de frutas y comencé a caminar más rápido a medida que los melones, las sandias, las mandarinas y las naranjas me salían al paso. No sabía dónde buscar así que pregunté. “Curuba larga no hay, solo tenemos curuba redonda”.  “¿Qué diferencia hay? “El qué más sabe es él”. Y me señaló a un acomodador que surtía de frutas otra zona. Fui hacia él. Le pregunté por las curubas y me dijo: “La redonda es más ácida”. ¿Se puede comer así? “Es mejor en jugo”. “¿En agua o en leche? “A mí me gusta en leche”. Gracias. Llené una bolsa con seis curubas y partí.

Cuando llegué a casa busqué la licuadora. Sacudí una de las frutas y no escuché nada. La abrí por la mitad y varios colores saltaron a mi vista: rojo, blanco, amarillo, naranja, café.

Antes, al olerla se me pareció a la poma de agua pero la textura y el contenido eran muy diferentes. La probé y sí, era como una granadilla ácida. Licué en leche y el color cambió. ¡Allí estaba el curuba! Ese naranja acaramelado. El sabor también cambió, aunque le eché una cucharadita de azúcar. Me gustó. Sabía a… curuba. Ya no iba a olvidarla. Días más tarde hasta brindé con ella.

Es un viaje lo que te propongo, un viaje que comienza con una fruta y se apodera de nuestros sentidos.

Aquí tendremos espacio para reír y llorar y como dije en un comienzo, para soñar.

Tendremos tiempo para hablar de libros y autores, de obras y artistas. De clásicos y contemporáneos. De lugares mágicos: urbanos, rurales y foráneos.

Me encantaría conocer tu opinión sobre la curuba y si tú, al igual que yo, caíste en el carrusel de los labios que estaban por aprender a besar.

Con cariño,

Claus.

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